Escritura creativa para la sanidad

Segundo escrito de la serie "La escritura como instrumento de sanidad"
Cualquier manifestación artística sostiene un alma en angustia. Yo soy testigo de eso. Mi manifestación artística es la escritura. La que me ha sostenido por 54 años de mi existencia, evitando tres intentos de suicidio.

La escritura penetra en áreas escondidas al ojo humano. Al tercer ojo, dirán algunos. Al espíritu, dirán otros. Sea cual sea, es la misma área que intenta entrar un buen psicólogo. Al asiento de las emociones. Y cómo frente a un psicólogo, el escritor se sienta ante su página en blanco y la llena de momentos que, hilándolos, crean una obra maestra para el que escribe. Ante cada creación, hay un relevo de emociones, de orgullo propio, de autosuficiencia, de yo puedo, de ser un dios creativo de un mundo nuevo. Cada segundo va olvidándose la fuente del dolor, para concentrarse en la fuente de creación.

El espacio es corto para hablar de estudios que lo comprueban; eso sería material para una charla más extensa. Por eso, usaré mi propia historia.

Mi madre se murió hace tres años y medio. Ante su enfermedad, hice pacto con su muerte. Pero cuando se produjo, una conciencia de vacío y confusión entró a mi mente y cuerpo. Me acuerdo hablarle al psicólogo de ese estado de ánimo. No hubo allí respuesta. Excepto el consabido “es lógico”. Sin embargo, al otro día leí de una judía que había perdido a su joven esposo y se sentía sin ganas de recibir visitas. Como otros de sus antepasados judíos, decidió alejarse hasta que pudiera hacer paz con Dios. Cuando lo logró, pudo enfrentarse a las condolencias de luto. Le tomó 40 días ese proceso. Ahí lo decidí. Me alejaría para encontrar mi paz con la muerte.

En ese retiro descubrí que mi dolor se debía a no haber conocido a la madre que perdí. Verá usted, mi madre tuvo que emigrar a los Estados Unidos para poder poner alimentos en la mesa que dejaba atrás, a mis abuelos, a mis dos hermanos y a mí. Y lo hizo por 30 años hasta que se murió el último de mis abuelos. Ese desconocimiento de la que me dio vida constituyó, también, un desconocimiento de mi niñez. Mi madre era la última de los que conocieron cuando caminé, la primera palabra que dije, como me calmaba, etc. Y con su muerte, se fue también la esperanza de conocerme mejor. Así que decidí escribir un libro sobre mi vida, para que mis hijas me conocieran antes de morir. El estilo es contar una experiencia devastadora que había ocurrido en mi vida. Compartir lo aprendido de esa experiencia, Y mostrar la pieza literaria que se creó para yo lidiar con esa experiencia. Recorro mi vida desde los cuatro años hasta los 62 años, cuando lo escribí. Al final de ese proyecto, había perdonado mi pasado y comenzaba a crear un futuro. A mí me cogió treinta días para crear Volando con las alas rotas. El resultado ha sido triunfal. No ha habido un lector que me haya contactado para decirme “gracias por escribir este libro”. Tampoco, un crítico literario para decirme, “esta es tu obra maestra”, hasta el presente.

Aquí los dejo. Escriba usted su propio testimonio de como la escritura lo eleva y, con alas o no, su mente se pierde en aventuras fantásticas que crean un mejor ser humano. Porque, para ser mejor ser humano, hay que aprender a quererse uno mismo.

Mervin Roman Capeles, PhD
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